Ignacio Echeverría

Vuela esta columna por el gesto de bravura de Ignacio Echeverria. Ese gesto de valor que tan caro le costó y tanto nos ha enseñado. Esa reacción instintiva de ir a defender al desconocido que estaba siendo atacado porque si. Porque había que ir. Porque tocaba. Facta, non verba.

Probablemente puestos en situación, en esa décima de segundo en que una decisión u otra marca inexorablemente el devenir de los acontecimientos, el noventa y nueve por ciento de personas habrían (habríamos) salido corriendo en la dirección contraria. Pero hay un uno por ciento que no lo hace. E Ignacio pertenecía a ese uno por ciento. Y ese uno por ciento es el que realmente merece la pena porque nos salva a todos. Porque nos hace mejores.

No hay mejor enseñanza que el ejemplo. Y necesitamos ejemplos como el de Ignacio. Estamos tan acostumbrados a mirar hacia otro lado que los gestos de valor nos impactan casi más por su escasez que por su valor intrínseco.

Además en este suceso el ejemplo no sólo lo dió Ignacio. También lo dió su familia. Seguramente le dió ejemplo desde que nació, y con ello lo convirtió en un ciudadano ejemplar. Pero también nos dió ejemplo a todos durante aquellos días interminables en los que las autoridades británicas daban la callada por respuesta a sus preguntas. Pónganse en su situación. Albergando la más terrible de las sospechas y sin siquiera poder ver el cuerpo para despejar la incertidumbre. Imagínense ahora que la situación hubiera sido en España con un desaparecido de nacionalidad británica. Piensen por un instante lo que hubieran dicho los tabloides británicos en grandes titulares. Pues de la familia de Ignacio no se oyó el más mínimo reproche público a la actuación de autoridades británicas. No juzguéis si no queréis ser juzgados. Y actuaron en consecuencia. Y nos dieron otro ejemplo, esta vez de serenidad y autocontrol. Hermann Tertsch lo bordó en un tuit “La familia Echeverría representa lo mejor de España”.

Aunque compartamos apellido, Ignacio Echeverría y yo no somos parientes. O al menos no somos parientes cercanos. Y desde luego yo no alcanzo a tener el valor que el demostró en el lance que le costó la vida ni la serenidad que su familia demostró en esos días. Por eso he esperado conscientemente un par de semanas, para escribir sobre Ignacio en frío y no dejarme llevar por la mala leche. Brindemos por ese uno por ciento que nos redime a todos.

Eduardo Echeverría García

Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Especialista en cuestiones hídricas.