Viaje a Svalbard

Las islas Svalbard se encuentran a medio camino entre Noruega y el Polo Norte, a menos de mil quinientos kilómetros de este último. Estas islas reciben el influjo de la corriente del Golfo, lo cual hace que tengan unas temperaturas más templadas que lo que correspondería a los casi ochenta grados de latitud norte en los que se encuentran. Por ello se encuentran en ellas los asentamientos humanos permanentes y el aeropuerto con vuelos regulares más al norte del globo. No obstante este hecho han registrado temperaturas mínimas anuales próximas a los cincuenta grados bajo cero. Y en la semana enero que las visité junto con otros nueve aguerridos españolitos, llegamos a soportar unos severos treinta grados bajo cero.

Aparte del frío extremo, otro aspecto del que no se libran en las Svalbard es de sufrir la larga noche polar que, en estas islas, dura desde mediados de noviembre hasta mediados de febrero. Es por ello que en cualquier local de Longyearbyen, su población más importante, puedes encontrar una aplicación con los días que restan para que salga el sol, y que el primer amanecer después del invierno se celebra con una semana de fiestas en la localidad.

En estas islas están censados unos dos mil seres humanos y unos tres mil quinientos osos polares. Este desequilibrio a favor del oso, unido a su carácter impredecible y muchas veces violento (el del oso, no el del humano), obliga a que los habitantes vayan armados en sus desplazamientos. Así, en Svalbard se da la paradoja de que el oso polar campa libremente en casi toda su extensión, mientras que los seres humanos viven en “reservas” donde se pueden sentir protegidos, básicamente las poblaciones y su entorno más inmediato. Existen señales en las salidas de las poblaciones donde indican que se acaba la zona segura y empieza la zona del oso. Esta advertencia no es baladí. Han sido abundantes y generalmente fatales los encuentros entre osos polares y humanos en la isla. La forma más segura de observarlos en su hábitat es en los cruceros turísticos que bordean la isla en los veranos durante los cuales, como ya se habrá imaginado el lector, tienen cuatro meses de día polar.

Tampoco parece que gasten mucho en mantenimiento de carreteras en las Svalbard. La superficie de las islas, equivalente a la isla de Irlanda, cuenta con cincuenta y tres kilómetros de carreteras. Los desplazamientos se efectúan mayoritariamente con motos de nieve y con trineos de perros, si bien estos últimos con uso mayoritariamente turístico. En nuestro viaje tuvimos oportunidad de desplazarnos en ambos, siendo a mi entender mucho más agradable el paseo con trineo. El husky de Svalbard, la raza autóctona, es un perro extremadamente fuerte que vive a la intemperie todo el año y puede tirar del trineo hasta setenta kilómetros en una jornada. Por si esto fuera poco, en caso de un encuentro inesperado con un oso polar estos perros tienen a plantar cara al plantigrado. En cualquier caso en el transporte diario se ha impuesto la practicidad de las modernas motos de nieve equipadas con GPS y que alcanzan sin problemas los cien kilómetros por hora, quedando los trineos como atracción turística.

Durante décadas la principal actividad de Svalbard fué la minería hasta que la baja competitividad del carbón extraído fue generando el cierre de las explotaciones mineras de la isla. Actualmente apenas existe industria minera y ganan fuerza otras opciones económicas, como el turismo. La isla, bajo soberanía Noruega desde 1925, ha contado sin embargo con asentamientos bajo administración de otros países, principalmente la Unión Soviética. Esta situación pervive en la actualidad, de forma que aunque las islas Svalbard son territorio Noruego, están fuera del espacio Schengen y es necesario el pasaporte para viajar a ellas, a diferencia de Noruega. Actualmente están censados habitantes de cincuenta y tres nacionalidades. Y todos y cada uno de ellos tienen racionado el acceso a las bebidas alcohólicas. Para comprar alcohol en el supermercado local te solicitan que enseñes la tarjeta de embarque que acredite tu condición de visitante ocasional.

Otra curiosidad que alberga Longyearbyen es la Universidad situada más al norte del planeta. En esta universidad se imparten cursos y postgrados de un año de duración, relacionados principalmente con la biología de las zonas árticas o con la evolución del cambio climático. En relación con este fenómeno, investigadores llevan un seguimiento de las cuevas de hielo de la isla, que muchas veces contienen hielo con más de mil años de antigüedad que se analiza y estudia con objeto de caracterizar la formación del mismo y su evolución en los últimos años.

No puedo finalizar esta pequeña descripción de las islas Sbalvard sin mencionar dos pequeñas curiosidades. En primer lugar, el Almacen de semillas “del fin del mundo”. Un almacén situado a unos seis kilómetros de Longyearbyen donde, en una cueva excavada en la roca y a una temperatura constante de unos veinte grados, se custodian semillas de prácticamente todos los cultivos existentes en la tierra por si hubiera que recurrir a ellas en caso de un cataclismo o catástrofe global. La otra curiosidad, que probablemente más de un lector conozca, es la prohibición de enterrar seres humanos en la isla, ya que el suelo, al ser permafrost, puede conservar indefinidamente los cadáveres sin descomponorlos. Únicamente se encuentran en la isla las tumbas de siete mineros que murieron en la epidemia de gripe de 1919 y a las que mejor no acercarse: conservan intacto el virus que acabó con sus vidas.

 

 

Eduardo Echeverría García

Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Especialista en cuestiones hídricas.