Abuelos estresados

La última semana ha sido especialmente dura para la mayor parte de los abuelos. La causa: que a los padres se les han acabado las vacaciones mientras que sus hijos no empiezan en el colegio hasta unos días más tarde.

Ese desajuste laboral-escolar ha obligado a los abuelos a hacer horas extra (no remuneradas, por supuesto), como canguros, babysitters, cuidadores, cambia-pañales, amigos, acompañantes, compañeros de juegos y lo que se tercie de los nietos.

O sea, agotador.

Y eso que la nueva estructura familiar, con divorcios, niños de acogida, fecundación en vitro, progenitores monoparentales… permite que los pequeños tengan un montón de abuelos, biológicos y de los otros, de sus padres y de sus parejas.

Pero no todo el mundo ejerce, claro. Yo tengo unos nietos en Quito, a nueve mil kilómetros de distancia, con los otros abuelos bien cercanos a ellos. Pues bien: acabo visitándolos yo más que mis consuegros, a quienes ni siquiera conozco. Ya ven si estos últimos pasan o no de su familia, de la política y de la otra.

Por eso, digo, los abuelos ejercientes y orgullosos de su labor deberíamos gozar al menos de un día tan festivo como el del LGTBI, con sus bailes y banderolas, sus shows televisivos y pancartas alusivas en los ayuntamientos, sus subvenciones públicas y sus grupos de presión. ¿Por qué no tener también nuestro Día del Orgullo?

De momento, mientras lanzo la idea a ver si prospera, voy a la cama a reponerme de la semana más dura desde que los abuelos han vuelto a reaparecer en la vida social gracias a la crisis, a sus pensiones, a la falta de cuidadores familiares y a una sociedad que pasa de ellos pero les estruja como a máquinas traga-perras.

Enrique Arias Vega

Periodista y Escritor. Ex director de publicaciones del Grupo Zeta, y de varios diarios pertenecientes a este grupo de comunicación