Los muertos que no enterráis

Todos los años, al llegar estas fechas, las redes sociales me instan a felicitar por su cumpleaños a un conocido que me consta murió hace nueve años. Con pertinaz obcecación, no dejan pasar ninguna oportunidad de querer compartir con él su ya inexistente y presuntamente feliz aniversario.

¿Cómo es, me pregunto, que en todo este tiempo nadie haya remediado el fúnebre equívoco? ¿Tan sin cuidado le trae a todo el mundo?

Uno sabe que lo que figura en las redes sociales tiene vocación de perennidad, aunque sea en forma de óbito, para que amigos y conocidos sepan la peripecia del personaje desaparecido. Pero, a lo que se ve, hay desaparecidos de primera y desaparecidos de segunda o, más bien, no desaparecidos oficialmente.

La soledad en el tránsito a la otra vida, el desinterés en quienes fueron más o menos próximos, y hasta el desconocimiento de los avatares vitales del difunto no son tan insólitos o extraños como pudiera parecer. ¿Cuántos ancianos mueren solos en una residencia y cuántas otras personas son descubiertas muertas en su casa a las semanas de una desaparición que en su día no perturbó a nadie?

Recuerdo el trágico accidente del camping de Los Alfaques, hace cuarenta y dos años, en el que murieron 215 personas. Pues bien, diez años después seguía una docena de cadáveres sin identificar de personas que, al parecer, nadie había echado de menos.

Si acontecimientos como éstos no nos permiten relativizar la condición humana y nuestra relación con los demás, no sé qué más podría hacernos reaccionar. Si la muerte siempre es un acto de soledad, está visto que unas soledades son mayores que otras.

Enrique Arias Vega

Periodista y Escritor. Ex director de publicaciones del Grupo Zeta, y de varios diarios pertenecientes a este grupo de comunicación