Género inclusivo

Soy periodista y no me siento marginado sexualmente porque mi profesión tenga una denominación femenina. Me imagino que algo similar les sucede a los varones artistas, juristas, futbolistas,…

Es que a diferencia de las personas, que sí que tienen sexo —hasta los treintaytantos que imponen los nuevos inquisidores en esa materia—, las palabras en cambio tienen género, con una variedad de combinaciones que enriquecen el idioma español, en el que los sustantivos y adjetivos neutros están prácticamente abolidos.

Querámoslo o no, hay palabras masculinas, como túnel, tren  y semental, por supuesto; otras, ambiguas, como el mar y la mar, y un gran número de epicenas, es decir, que se aplican a ambos géneros, tengan un carácter masculino o femenino: el tiburón, la persona, el artista,…

Puede parecer un lío, pero la historia viene de lejos, para escándalo de los nuevos adanistas, que creen que el mundo ha nacido  partir de ellos. Lamentablemente, sin embargo, tienen bastante razón, pues la moda de feminizar el lenguaje es bien reciente y tampoco es cosa de nuestro idioma, porque esos nuevos hábitos sexistas arrancan de los países anglosajones, donde una mala conciencia retrospectiva hace estragos y  no sólo en el  lenguaje.

Me resisto, pues, a que el idioma quede reducido a un solo género, con la pérdida de matices lingüísticos que eso supone. Por ello, no me importa seguir siendo periodista, en vez de periodisto, o periodiste, como sería en el caso de imponerse un único género inclusivo, contradictorio, además, con los más de treinta que propugnan los defensores de poner patas arriba las costumbres, el lenguaje cotidiano y hasta la biología.

Enrique Arias Vega

Periodista y Escritor. Ex director de publicaciones del Grupo Zeta, y de varios diarios pertenecientes a este grupo de comunicación